lunes, 12 de diciembre de 2011

Citas - Don Juan (Carlos Castaneda)

Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.
Don juan

sábado, 18 de junio de 2011

citas - Gabriel de la Mora

El arte es una pregunta.
Gabriel de la Mora

miércoles, 3 de noviembre de 2010

fotografía 20

Fotografía digital
Tlaxcala, México / 1998
Una exposición; montaje, prensa, inauguración, fue el pretexto. Sin embargo, el trayecto de ida advertía que no sólo se trataría de eso; una señalización de carretera sentenciaba: No hay retorno posible.
El proceso creativo termina con el montaje, lo que sucede después es un mal necesario o, en el mejor de los casos, alimenta, retroalimenta el proceso creativo. La realidad es más fértil que la imaginación y esa noche, después del quehacer cultural, no sería la excepción y entonces comenzaría la verdadera función.
No importa si fue en su cuarto o en el mío, ya estábamos en la habitación de ese hotel, en aquella ciudad. No habíamos encendido la luz, el reflejo de la luna era suficiente. No hablábamos ya, todas las palabras habían sido dichas. No nos movíamos tampoco, de pie la una frente al otro, esperábamos que alguno diera el primer paso. No había retorno posible.
Su vestido cayó, en una sola pieza, dejándola desnuda. No la miro a través de una cámara, mi dedo no busca el disparador; en un fragmento de segundo la yema de mi dedo recorre, casi sin tocar, esa luz de luna que sí toca su piel expuesta.

lunes, 1 de noviembre de 2010

fotografía 19

Haluros de plata
Acopilco, México / 2001
No podría definir si estaba solo o sólo me sentía solo; podría estar acompañado, pero vivía un terremoto interno en el que estaba solo. Una enfermedad que me impidiría caminar me había tomado por sorpresa y formaba el remolino espeso en el que me hundía. Me refugiaba de mí mismo en un pequeño estudio y conmigo, la totalidad de mis pertenencias que, a manera de trinchera, me rodeaban.
Dormía poco o no dormía, comía menos; no salía de mi escondite, atrapado en el umbral de mi conciencia no rebasaba el quicio de la puerta, la única ventana por la que me asomaba era la pantalla de mi computadora en la que hacía vivir y morir a personajes virtuales en un intento desesperado por seguir existiendo. Tenía miedo y ya había intentado todo: idear proyectos, viajar, enamorarme… ese tipo de cosas que me habían rescatado de crisis menos profundas pero esa vez, en mi confusión, los alejaba a todos para que se acercaran y sin embargo retomaban su camino quince minutos después.
Afuera todo seguía su marcha, el sol salía cada mañana para ocultarse más tarde, el calendario dejaba caer las hojas en su otoño eterno, pero dentro de mi cueva todos los días eran uno: el mismo; vacío, sombrío y sin sentido. Otro día, de no sé cuántos, miraba sin mirar hasta que me detuve por azar en un rayo de luz furtivo, invasor, violento en su contraste con la oscuridad. La luz es invisible hasta que encuentra dónde reflejarse y desperté, en un fragmento de segundo desperté en la contemplación del polvo que flotaba en el aire, colgado del tiempo encendido por la luz.

domingo, 31 de octubre de 2010

fotografía 18

Doble exposición
Ciudad de México / 1984 - 1987
Pocas veces se puede decir que hay un antes y un después en nuestras vidas, ese instante en que todo cambia de una vez y para siempre o al menos hasta que ese antes y después tenga que ver con nuestra propia muerte.
Cuando esto sucede una imagen de al menos cuatro dimensiones se grava, indeleble, en la memoria. Cuando esto sucede el tiempo se detiene en el año, mes, día, hora, minuto en que sucede. La primera vez que me sucedió fue el cinco de marzo de de mil novecientos ochenta y cuatro a las dieciocho horas con quince minutos y la segunda el veintisiete de mayo de mil novecientos ochenta y siete a las veintidós horas con veintinueve minutos; los segundos no los tomo en cuenta porque cada uno fue eterno. En ambas ocasiones me convertí en padre por primera vez porque cada vez fue única, porque cada vez me hicieron ser otro, porque cada vez me miro en su mirada, porque cada vez me orgullece su destino, porque cada vez...
Dos tiempos, dos lugares, dos circunstancias; diferencias de forma y no de fondo de estas dos imágenes reales que se yuxtaponen; un fragmento de segundo sobrepuesto a un fragmento de segundo en una sola imagen virtual. Imagen que se confronta con la práctica excesiva del fotografiar para recordar, siendo que mis recuerdos más intensos provienen precisamente de esos momentos que no fotografié.

viernes, 29 de octubre de 2010

fotografía 17

Mirar la mirada
Chachalacas, México / 2003
Allá, más allá de nuestra propia escala, se ejecutaba una coreografía de infinitas dimensiones; precisa y preciosa frente a su público terrestre que la mira desde siempre. El sol, la luna y la tierra misma son, ese día y desde acá, los intérpretes distinguidos; como telón de fondo millones de otras estrellas participan en un espectáculo previsto hace milenios, miles de milenios atrás.
La luna gira en torno a la tierra y ambos en torno al sol, elipses que trazan espirales en aparente caos hasta que el orden invisible se hace visible. Los astros se alinean; entre el sol y su reflejo se interpone nuestra esfera y la luna desaparece del cielo por un momento.
Acá, otros actores no menos importantes responden al evento; el mar desaparece gradualmente en busca de la luna, la playa se extiende y los espectadores caminan por donde antes hubieran tenido que nadar y persiguen al mar, seducidos por el pasado ancestral de toda especie.
Observo, no puedo seguirlos, mis piernas no responden como antes, observo y en un fragmento de segundo la mirada lo es todo… intuyo que cada fotografía es un pleonasmo porque es mirar la mirada y quizá, sólo quizá, algún día tan sólo mirar me sea suficiente.

miércoles, 27 de octubre de 2010

fotografía 16

Instante suspendido
Santa Cruz, Argentina / 2001
El presente no existe, es sólo un instante fugaz entre el pasado y el futuro que nos es invisible. Lo vimos por primera vez con el nacimiento de la fotografía, pero fue Eadweard Muybridge quien lo hizo evidente. Hoy lo vemos por todas partes debido a la indiscriminada proliferación de imágenes que nos rodea y sin embargo, parece que cada vez lo vivimos con menor intensidad.
Algunas veces, pocas, casi nunca, el presente se manifiesta por sí solo y, como todo milagro, se presenta en el lugar y momento menos esperado: viajaba por el sur, al extremo sur del continente americano cuando sucedió...
El fluir hipnótico del paisaje hacía parecer que éste era el que se deslizaba rápidamente y no el auto en el que viajábamos. Como el fluir del tiempo entre el pasado y el futuro; un auto fijo en el presente y el paisaje no se detenía: bosques, valles, nubes, montañas, un camino interminable entre el cielo y la tierra hasta que, en ese juego de tiempos relativos, la ruta dejó de zigzaguear. Después de la curva una línea recta y ahí, un cóndor que al sentir nuestra presencia comenzó a tomar impulso para despegar, inmenso de por sí, desplegó sus alas en toda su extensión cubriendo todo el ancho de la carretera que se convertía en aeropuerto. La fuerza de gravedad se oponía al vuelo y en un fragmento de segundo, cuando logró levantar el tren de aterrizaje, todo el presente se hizo presente. Fotografiarlo hubiera sido un pleonasmo, sería banalizarlo.

domingo, 24 de octubre de 2010

fotografía 15

Un pendiente
La Habana, Cuba / 1990
Mi único viaje a Cuba ha sido mi viaje más corto, pero su brevedad fue compensada por intensas y repetidas experiencias. En otras palabras, ocho días no eran suficientes pero sí lo fueron. Ocho mañanas salí de mi hotel y no volvía hasta la madrugada siguiente; las aventuras me encontraban aunque tratara de pasar desapercibido, aunque tratara de disfrazar mi condición de extranjero o quizá, porque en esa isla siempre terminan por encontrarte. Volvía solo. La intención de mi viaje no respondía a ese mito vulgar, o realidad a secas, del turismo sexual. No llevaba baratijas para intercambiarlas por caricias como pretendían, con entusiasmo, muchos de mis compañeros de vuelo.
Volvía solo, ya lo dije, y esa madrugada no fue la excepción. Quería dormir, pero la permanente afluencia en la recepción del hotel me obligó a esperar mi turno frente al elevador. El destino hizo lo suyo y por supuesto evitó cualquier casualidad y muchos compartimos ese pequeño viaje en ascenso, al final quedamos tres: la edecán, un otro y yo. A la salida del otro, un arete se desprendió de la edecán y cayó al foso del elevador perdiéndose para siempre; ella lloró en silencio y el otro, un imbécil medio borracho, la consoló diciendo que esa joya de plástico no tenía ningún valor y entonces sí, sus lágrimas brotaron.
Tenía que tomar una decisión: insultar al imbécil o permanecer con ella para velar su desconsuelo, en un fragmento de segundo opté por fijar mi mirada en la tristeza de sus ojos. Subimos, bajamos y volvimos a subir hasta que sonrío de nuevo, perdía mientras tanto la posibilidad de reclamarle al otro.

sábado, 23 de octubre de 2010

fotografía 14

Mujer Tortuga
Ciudad de México, México / 2001
La veía cada año en la feria de mi pueblo hasta su desaparición que, no puedo negarlo, me tomó por sorpresa a los nueve años de edad. Su historia personal no me era ajena; sabía que aún siendo una niña consentida, o quizá por ello, había sido altanera y grosera con sus padres y, por consecuencia fatal –el procedimiento nunca me quedó claro del todo– fue convertida en un monstro. Mitad mujer y mitad tortuga, aunque en realidad era más tortuga que mujer, puesto que de lo último tenía sólo la cabeza. Sabía todo eso y también sabía que las tortugas viven muchos años, por lo que su desaparición no tendría que significar su muerte.
La fila para acceder al espectáculo avanzaba al término de cada función, pero siempre me parecía demasiado larga. Una vez dentro, el escenario se revelaba rudimentario: sillas metálicas plegables formaban un semicírculo frente a una gran pecera y detrás, una vieja cortina que ya no era negra desde entonces. Ella esperaba en su recipiente de cristal; sus cabellos flotaban ondulantes en el agua que la cubría por completo y, al responder las preguntas del público, escapaban burbujas de su boca. Eventualmente devoraba algún pececito desprevenido…
Más de un cuarto de siglo después volveríamos a encontrarnos en una feria de la Alameda central y, en un fragmento de segundo, nos reconocimos de inmediato. Cada vez es más difícil verla, quizá por eso son muchos quienes no creen en su existencia, pero somos otros tantos los que podemos constatarlo.

martes, 19 de octubre de 2010

fotografía 13

Murmullo a cuatro vientos
Luxor, Egipto / 1997
Mi primera noche en Medio Oriente y viajo ya de una sorpresa a otra. No he dormido aún y mientras no duermo un sonido externo comienza a filtrarse en la habitación que, como una luz de amanecer, toma posesión lentamente de la oscuridad y termina por fusionarse con otro sonido que se produce al interior.
Afuera se reza el Corán en una mezquita y otras más, muchas más, apenas un murmullo que se multiplica, que llega por oleadas. Adentro, la excitación de su respiración marca el contrapunto y el aliento de suspiros entrecortados humedecen mis oídos. Muy pronto ambos sonidos, el exterior y el interior, acoplan sus cadencias, se confunden hasta hacerse uno; se suman sin restarse. El sonido induce entonces el movimiento de los cuerpos que se dejan guiar sin oponer ninguna resistencia.
La ciudad, el país y toda la región se cubre de ese velo que avanza, paradójicamente en silencio, como la niebla. Escucho, todos mis sentidos escuchan y cada uno de ellos escucha a su manera, pero yo, acostumbrado a fijar mis sentidos a la mirada me pregunto en un fragmento de segundo cómo fotografiar el sonido, o mejor dicho, cómo hacer que el sonido se sienta en una fotografía, se vea en ella, se escuche en ella…
Los cantos del Corán se repitieron durante todo el viaje, a todas horas y hoy, todavía hoy, sacuden en mi memoria.

martes, 12 de octubre de 2010

fotografía 12

El beso eterno
La Habana, Cuba / 1990
Dos pares de ojos se miran los unos a los otros; los de ella esperan el autobús que la llevará a no importa dónde, los de él recorren una ciudad que le es ajena hasta que se detienen, hipnotizados, en los ojos de ella. El tiempo se detiene, ya nada importa; las miradas permanecen ligadas, cada una a la mirada del otro...
La frecuencia del transporte urbano es más que esporádica y sin embargo el autobús esperado se aproxima forzando los destinos. Ella sabe que no sabe cuándo llegará el próximo autobús y aborda el que ha llegado sin desprender la mirada de quien la mira y busca un asiento al lado de la ventanilla para seguir mirando. El autobús prosigue su camino y él sabe que dejará de verla; como último recurso lanza un beso a la distancia y ella, sin dejar de verlo, lo captura el aire para depositarlo en su mejilla. En un fragmento de segundo todo gira en torno a ese beso que por un momento es el eje mismo del universo.
Ella se aleja y él permanece inmóvil, la invisible línea que une sus deseos se prolonga hasta que ella desaparece de su vista. Ella cubana, él mexicano; nunca volverán a verse, pero sus miradas permanecen unidas, todavía y para siempre por ese instante.
Aclaro con envidia que los ojos de él no son los míos, pero ser testigo de esa corografía metafísica mantiene cautivo a mi recuerdo.

domingo, 10 de octubre de 2010

fotografía 11

Fuego cruzado en un sólo sentido
Corinto, El Salvador / 1986
Sin ser corresponsal de guerra, sin trabajar para un periódico o una agencia de prensa siquiera he llegado hasta aquí, volando cincuenta kilómetros sobre territorio guerrillero en un helicóptero militar; sentado al lado de un artillero y frente a una ametralladora de no sé cuántos milímetros... Aterrizamos en Corinto, podría decirse que en la mitad de la nada, pero no, es un punto clave para el ejército salvadoreño que ha recuperado el control de esta población.
Se ha planeado mi regreso para ese mismo día pero Cuchillo largo, coronel a cargo es quien decide, y decide que es una buena oportunidad para que seamos testigos de “la paz social y el progreso” que impera en la zona gracias a las fuerzas armadas, por supuesto. No hay infraestructura turística y nos dan la hospitalaria orden de dormir en el cuartel militar que hace apenas dos semanas estaba bajo control de la guerrilla.
Duermo, porque puedo dormir donde sea y en cualquier circunstancia, hasta que en medio de la oscuridad una agitación colectiva me despierta. Todo el batallón se viste al unísono y apresuradamente, aunque vestirse signifique ponerse las botas que es lo único que se permiten quitar para dormir. Toman sus armas y se agrupan para salir al combate, a jugarse la vida, a no volver quizás. Yo también me pongo mis botas, estoy frente a la posibilidad de tomar la fotografía que he soñado. Salgo al patio central, las puertas del cuartel aún no se han abierto, pero la luz de la luna se filtra por cientos agujeros de bala disparados recientemente en ambas direcciones; en un fragmento de segundo soy consciente de que si desde aquí se está disparando con el mortero hacia allá, los disparos de los morteros de allá pueden llegar hasta aquí en cualquier momento.
Cuchillo largo dirige las operaciones desde un radio de onda corta y no autoriza nuestra salida.